lunes, 17 de julio de 2017

El hijo de todos


Dakota del Norte, verano de 1999. Landreaux Iron dispara a un ciervo en la linde de su propiedad pero, al acercarse, descubre que ha abatido al hijo de sus vecinos: Dusty Ravich, de cinco años de edad y mejor amigo de su propio hijo, LaRose. Las dos familias han estado siempre muy unidas y los niños prácticamente se han criado juntos. Landreaux, horrorizado ante lo sucedido, busca consejo en las visiones y ritos de sus antepasado indios, quienes le descubrirán una manera de reparar en parte el mal causado. Al día siguiente, junto con su esposa Emmaline, entregarán al pequeño a los desconsolados padres de Dusty: «Ahora nuestro hijo será vuestro hijo». LaRose se convierte así en la piedra angular que mantiene en pie a ambas familias, permitiendo que su dolor comience lentamente a remitir. Pero la súbita intervención de un extraño, vendrá a poner en peligro el frágil equilibrio alcanzado...

Igual que hay gente capaz de desestabilizarte con sólo una mirada, igual que hay canciones que consiguen emocionarte desde las primeras notas, este libro tiene la capacidad de meterse dentro –del corazón, de la mente- desde la sinopsis. Ésta es la historia de un padre cazador que, por equivocación, mata al hijo pequeño de sus mejores amigos y, como compensación, decide cederles el suyo, de la misma edad que el fallecido. Desde que la leí no pude dejar de pensar en esta posibilidad, en este mundo posible. Y así, con este turbador planteamiento, al lector sólo le queda arrodillarse y dejar que la autora, Louise Erdrich, despliegue su talento y nos cuente cómo es el escenario que imagina, cómo evolucionan las relaciones de los personajes y cuánto costará superar el duelo para ambas familias. Sí, El hijo de todos es una de las últimas –y más atrevidas- apuestas de Siruela, que aparece dentro de la colección Nuevos Tiempos y que viene precedida por las alabanzas de varios autores de peso, entre ellos Philip Roth, que está convencido, como yo, de que es una de las voces más interesantes, más perturbadoras, más inquietantes del panorama literario americano.
            La premisa puede parecen rocambolesca al principio, en frío, pero tiene todo el sentido cuando empiezas a conocer el ambiente en el que se desarrolla la historia. Estamos en una reserva de indios americanos donde los conceptos de honor, de dolor y de compensación de la tragedia tienen otros significados, más profundos, más espirituales. Y así, de esta forma, podemos llegar a entender que el niño pequeño, el superviviente, pase de una familia a otra para cubrir un vacío, para pedir perdón, para restablecer el equilibro. Este cambio, evidentemente, desestabiliza las dos casas –me desestabiliza incluso a mí sólo con pensarlo-, saca a la superficie tristezas antiguas y rencores vivos, abre heridas ya cicatrizadas y evidencia que vivir es más complicado de lo que ellos creían. Pero es necesario hablar de esto para defender el poder del amor, del consuelo y de la compasión. Y mientras tanto, la autora es capaz de contagiarnos ese clima de tensión, esa pena que llega de todos sitios y que acaba manchándote, de arriba abajo.
            Louise Erdrich, la autora, no tiene prisa. Sabe que su historia se cimenta en los detalles, en las cosas pequeñas, en aquello en lo que no nos fijaríamos si camináramos rápido. Su estilo es preciosista, tiende a lo poético, a veces a lo mágico. Esta mujer sabe construir las escenas, sabe dejar a sus personajes que hablen y sobre todo sabe tocar, de una forma extraña, las fibras sensibles del lector. Todos, cualquiera, podríamos sentirnos dentro de esa familia, de esos dolores. El ritmo, eso sí, es calmado: no se esperen grandes batallas, grandes episodios de acción o giros de tuerca. No va por aquí la historia. Así que, si sois lectores impacientes o que se aburren con facilidad, éste no es vuestro libro. El hijo de todos habla del día a día, de lo cotidiano y, además, nos sirve para adentrarnos en el mundo de estos indios que tuvieron que adaptarse a una nueva civilización, aun manteniendo sus creencias, donde hay hueco para la magia y para las fuerzas desconocidas de la Naturaleza.
            El hijo de todos es una excursión por un bosque inmenso –miras hacia arriba y no ves la luz del sol-, acompañado por un guía que apenas habla tu idioma. Por eso, le damos la mano a la autora y dejamos que ella nos cuente, que nos lleve por las páginas y nos enseñe a los personajes, que nos coloque ante paisajes humanos fascinantes. Y al final, vemos la salida, la luz, otra vez la realidad, pero sabemos que venimos diferentes, que este viaje nos ha cambiado de alguna forma. Esta novela tiene algo que se queda pegado a la piel, es quizás esa forma de narrar tan descarnada, o quizás el pudor y la curiosidad al ver a los personajes tan desnudos, tan vulnerables. Y ésta es la vida, la comunidad, la religiosidad, el intento desesperado por ser feliz. De una vez por todas. Y para siempre. 

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