martes, 23 de mayo de 2017

La partitura, Anna Casanovas


SINOPSIS: En Londres, Adam, un joven compositor, pierde la vista en un accidente y ciego descubre lo vacía que estaba su vida a pesar de contar con el éxito profesional y la que todos consideraban la pareja perfecta. Solo y adaptándose a la ceguera, Adam decide buscar lo mejor de sí mismo, de sus amigos y vivir plenamente. Lo único que teme es componer, hasta que un día el director de la ópera de la ciudad acude a pedirle un favor y semanas más tarde escucha a una chica tocar el piano. Y entonces aprende a ver con el corazón.
En Nashville, Charlotte, una pianista de música country, hace una promesa y lo deja todo para terminar la carrera de música en Inglaterra aunque allí se niega a establecer lazos con nadie pues su paso será solo temporal. Charlotte no quiere sonreírle a sus vecinas, no quiere entablar amistad con sus compañeros de clase ni tocar con ellos en una tintorería abandonada y no quiere que su corazón despierte y descubra el amor de verdad. Y por encima de todo no quiere volver a componer ni a tocar el piano jamás.
En París, en 1830, un joven granjero huye del campo hacia la ciudad para convertirse en músico, pero allí estalla la revolución y él encuentra el amor en el lugar y el momento más inesperados.
En Mallorca, dentro de una caja abandonada en un ático aparecen un manojo de cartas entre Chopin y la que fue su amante George Sand y entre esas cartas hay la que podría ser la última partitura inacabada del compositor.
La iglesia de Saint Martin en Trafalgar Square anuncia el concierto del año, el pianista que va a tocar, las personas que lo acompañan, llevan meses captando el interés de la prensa. La historia que rodea la partitura es aún más fascinante pues está envuelta de secretos, misterio, pasión y un gran amor.

Con “La partitura”, la autora ha vuelto a conquistarme. Ya lo hizo con “Herbarium, Las flores de Gideón”, y con esta historia vuelvo a reencontrarme con la que considero una de las mejores escritoras de romántica que tenemos en España. Puede que no sea del todo objetiva con Anna. Es difícil encontrar novelas que tengan una trama original y que la historia no recuerde a otras que has leído anteriormente. Como bien digo, la autora ha sabido unir con habilidad las piezas de un puzle de una historia del pasado con una del presente.

Charlotte llega a Londres para cumplir la última promesa que le hizo a su hermana. Llega con la idea clara de no involucrarse con nada ni con nadie. Sin embargo, en su camino se cruza una partitura, que casualmente está unida a Adam. Parece que no sea un encuentro fortuito; en esta historia, más que en otras, el destino (quiero creer que es la partitura) ha urdido un plan para que ambos personajes se conozcan a través de Folie, que arrastra una especie de maldición.

Folie, el nombre de esta partitura, está inacabada, tiene vida propia y es un personaje más en esta novela. Todo hace indicar que es una composición de Chopin, pero tiene ciertas partes que parecen de otro autor. Antes de que Adam se quedara ciego, tenía la intención de acabar esta composición. No obstante, cuando su vida da un vuelco, ya no está tan seguro de ello. Cree no poder “ver” la música como la sentía antes. Solo vuelve a sentir otra vez la música cuando escucha a Charlotte tocar a Folie.
Desde el inicio de la novela, vemos que hay dos personajes bien definidos que tratan de recomponer sus vidas como pueden. Por una parte, tenemos a Adam, un músico y compositor que ha perdido la vista tras un hecho traumático. Por otra parte, tenemos a Charlotte, una mujer que no ha podido superar la muerte de su gemela. A ambos, les invade un sentimiento de culpa. Sin embargo, mientras que a Adam esto le da fuerzas para seguir adelante con energías renovadas, en Charlotte vemos justo lo contrario, parece que ha tirado la toalla y no quiere enfrentarse a sus miedos del pasado.

A pesar de lo mucho que me ha gustado la novela, sobre todo creo que el último tercio es sublime, más que nada por cómo ha sabido encajar la trama del pasado y del presente, tengo que decir que me costaba reconocer al inicio de la historia a la autora que me encandiló con “Herbarium, las flores de Gideón”. También es cierto que a veces confunde verbos, algo que puede deberse a que es catalana-parlante. Sin embargo, vuelvo a insistir, las últimas páginas de la novela son tan dramáticas y desgarradoras, que te hacen tener el corazón en un puño, y pasas por alto estas erratas. Porque es entonces que cuando vuelves a amar las novelas de esta autora.

Si por algo me gusta esta es por la sensibilidad a la hora de escribir y todo el bagaje como lectora que lleva detrás. Se nota que bebe de clásicos y lo refleja en sus novelas.

Solo decir que si os gustan las novelas románticas, le deis una oportunidad a esta historia. Anna Casanovas ha dejado el listón muy alto. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

A Virginia le gustaba Vita


«Mi amor por ti es absolutamente verdadero, vívido e inalterable», le escribió Vita Sackville-West a Virginia Woolf en una de las muchas cartas que se intercambiaron. Tomando como punto de partida una de esas cartas íntimas y los datos biográficos de los que disponemos, Pilar Bellver ha construido una novela extraordinaria en todos los sentidos: por su deslumbrante su calidad literaria, por su raro y perfecto mestizaje entre ficción y documentación y por la osadía del reto creativo al que se enfrenta como autora al atreverse a dotar de cuerpo y de voz tanto a Virgina Woolf, una de las escritoras más influyentes del siglo XX, como a su amante, Vita Sackville-West, también escritora y quizá la aristócrata más famosa de la Inglaterra de su época. Una mujer con una personalidad arrolladora capaz de enamorar a Virginia y de inspirar en ella un personaje tan carismático y poliédrico como Orlando.

Muchos nos aprendimos de memoria –a base de ver la película Las horas– esa carta que Virginia Woolf, interpretada por una Nicole Kidman con una nariz falsa, le dejaba a Leonard antes de ahogarse en el río: “Queridísimo, tengo la certeza de que otra vez me estoy volviendo loca (…) y esta vez no me repondré. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. (…) Me has dado la mayor felicidad posible”. Esas palabras que muchos recitamos casi como un himno son emoción pura y bruta, son sangre, piel y desgarro, la triste despedida de una mujer cansada. Y el eco de esas palabras, el sonido de la voz de la autora de La señora Dalloway, es la que, como si fuera un milagro, resuena en las páginas de A Virginia le gustaba Vita, una novela publicada por la valiente editorial Don Bigotes en la que Pilar Bellver ha hecho un trabajo asombroso para recrear la historia de amor-pasión-obsesión entre Virginia Woolf, la escritora feminista por excelencia, y Vita Sackville-West, la lesbiana oficial de la aristocracia inglesa, las dos casadas, a principios del siglo XX. “Si te tenía miedo, ahora te tengo terror pánico. Me habitarás, me colonizarás (imperial de ti) y yo estaré perdida. Lo sé. Pero no debería hablar en futuro: ya me has invadido con un solo beso. Qué será si te dejo continuar y me abro a tus caprichos”, dice la Virginia ficticia a su recién estrenada amante.
            Hay algo maravillosamente desconcertante en esta historia que, como digo, imagina la correspondencia que intercambiaron estas dos mujeres durante el tiempo en el que la atracción entre ellas fuera arrebatadora, insoportable, casi doliente; y es el innegable talento de la autora para darle voz a Virginia Woolf, para ser capaz de tomar prestado su amor y de ponerle palabras desde el desgarro y la desesperación, desde la absoluta necesidad. Para los que adoramos sin reservas a la escritora inglesa, este libro es casi como una aparición, como si la mismísima Virginia hubiera tomado forma de fantasma y nos fuera relatando los recovecos de su pasión, ésos que sólo podemos imaginar porque no quedó constancia documental de ellos. Sólo hay una forma para conectar con esta escritora de esta forma y es conocerla al dedillo, entender su postura de estar en el mundo –colocarse, fíjense, en ese alambre sobre el abismo que era su frágil cordura-, interiorizar ese amor que era sólo fuego, empatizar con esa necesidad que tenía de estar tranquila, silenciosa y a la vez de vivirlo todo, de sentirlo todo. Removido y conmovido, me rindo ante esta historia de amor mayúsculo.
            Ha elegido Pillar Bellver una supuesta correspondencia como el vehículo para ir acercándonos a ese amor-candela. Y en esas cartas que se van intercambiando está no sólo el germen y la explosión de su deseo prohibido –las dos eran muy conocidas en la sociedad inglesa de la época– sino también la importancia de la palabra para nombrar las cosas, para hacer que los conceptos abstractos (las emociones, las desesperaciones, los desvelos) puedan expresarse y compartirse. Y aquí la autora lo hace de una forma magistral: su prosa, sobre todo la que le presta voz a Virginia, es de un lirismo demoledor, de una belleza incuestionable, se parece a la forma de contar las cosas de la autora de Una habitación propia. La novela está sembrada de notas al pie de página donde Bellver nos aclara, nos cuenta, nos instiga a seguir investigando, a seguir conociendo, porque si hay algo que sustenta esta historia, aparte de la emoción, es el conocimiento, las horas de trabajo que hay detrás. Se notan y se agradecen. Es por esto que la segunda parte de A Virginia le gustaba Vita tiene una vocación claramente pedagógica en el que la escritora-narradora, en un ejercicio metaliterario, le va revelando a su sobrina las curiosidades, las entrañas y los laberintos de estas dos mujeres, que deben entenderse dentro del momento histórico en el que se encuentran. Se agradece este apéndice porque permite llegar a rincones a los que esa relación epistolar no llegaba: contextualiza el amor, contarnos el paisaje que las rodeaba y que va desde las travesuras del Círculo de Bloomsbury a la amenaza de Hitler.
            A Virginia le gustaba Vita y a mí me gusta Pilar Bellver y la editorial Dos Bigotes porque este trabajo no se podía haber hecho con más tino, con más pasión, con más fuego. La correspondencia amorosa de estas dos mujeres –qué guerreras, qué frágiles- deja sin habla y casi sin respiración porque hace un retrato de esta relación minucioso y vivo, siempre palpitante. Hay verdad (o lo parece) en las páginas, y lo mejor es que, si leo en voz alta, escucho a Virginia, a la Virginia Woolf que admiro y a la que tanto busco en sus libros. La autora emociona y enseña; turba e instruye. Y uno tiene que haber amado así, aunque sea sólo una vez, para entender esos amores, para envidiar esa locura, para gritarles ¡Bravo! a esas dos mujeres

martes, 16 de mayo de 2017

La vida negociable


Hugo Bayo, peluquero de profesión y genio incomprendido, les cuenta a sus clientes la historia de sus muchas andanzas, desde su adolescencia en un barrio de Madrid hasta el momento actual, ya al filo de los cuarenta, en que sigue buscándole un sentido a la vida. Y así, recordará la relación tormentosa y amoral con su madre, el descubrimiento ambiguo de la amistad y del amor, sus varios oficios y proyectos, sus éxitos y sus fracasos, y su inagotable capacidad para reinventarse y para negociar ventajosamente con su pasado, con su conciencia, con su porvenir, en un intento de encontrar un lugar en el mundo que lo reconcilie finalmente consigo mismo y con los demás.

Con el paso de los años, uno –yo, ustedes, cualquiera– ajusta las expectativas que tenía en la niñez y se conforma con una casa que da a un patio interior aunque había soñado con un jardincito a la entrada, sigue con su pareja otro año más a pesar de que nunca ha sentido eso que se ve en las películas –la locura, la pérdida del apetito–, aguanta en el trabajo en el que nunca pensó que terminaría, se olvida de que una vez quiso ser un trompetista famoso o ser alguien en el mundo de la música… Y así con todo. El futuro no es quizás cómo habíamos imaginado, como habíamos predicho, como nos habíamos prometido a nosotros mismos. Los sueños no tienen por qué cumplirse. Es lo que Luis Landero llama La vida negociable, el título de su última novela, publicada por Tusquets –donde también salió su gran éxito El balcón de invierno– y en el que nos narra las hazañas de Hugo, un lazarillo moderno, a merced de su destino y al que (casi) nada le resulta como él esperaba. Se lee como un pulso entre el hombre y la vida. Es un canto al empecinamiento de un hombre, a su habilidad para levantarse después de la caída, para seguir ilusionándose. Es la esperanza de no tener que negociar nada más en la vida.
         Hugo, el protagonista y narrador de esta historia, sueña con irse a vivir a algún escenario de las películas del Oeste –a una cabaña junto a un río, donde hará una hoguera por las noches y cantará con su guitarra ante sus niños-, pero descubre enseguida que el mundo de los adultos está lleno de agujeros por los que se cuelan los engaños y el aburrimiento, los sacrificios y la infelicidad. Sus padres, héroes con los pies de barro, dejan de ser referentes y mutan a enemigos, a gente que merece ser repudiada. Y aunque se convierte en un tirano, en uno de esos pícaros tan del siglo quince, sólo quiere que algo le salga bien, que le llegue esa felicidad que cree merecerse. Sí, La vida negociable no es más que un viaje iniciático desde el mundo confiado, manso y tranquilo de los niños hasta esa entrada feroz y caótica al universo adulto, la constatación de que nada era tan fácil como creía, de que la vida tiene su propia corriente y que te arrastra hacia donde quiere, por más que uno se esfuerce por nadar, por más que uno pida socorro.
            Luis Landero tiene alma de narrador, de esos campesinos que se reunían alrededor de la candela a contar historias, a entender el mundo a través de la palabra. Es un escritor anclado en lo cotidiano, en la ausencia del boato y el relío, convencido de que lo más natural es lo que mejor suena al oído. Y por eso escribe como habla, o escribe como se escucha. Y su mirada tranquila se va posando en los paisajes, en los personajes y en las frustraciones y lo va contando, sin perder nunca la calma, como la superficie de un lago. Y así, desde esa resignación también como narrador –nada lo perturba, mantiene una tibieza que se agradece- nos va contando las aventuras de este Hugo que muchos han comparado con un don Quijote moderno que no termina de entender la vida ni de asimilar que él, siendo un genio –eso lo dice él- siga vagando por el mundo, chapoteando en el fango. Tiene esta historia un punto pesimista -el personaje parece caminar con el sambenito de perdedor-, pero se compensa con la ironía, con una gracia que, de forma disimulada, haciendo más leves las desdichas. 
            La vida es negociable y no tiene moraleja; en todo caso, tiene caprichos, tiene bromas, tiene mala leche, pero no hay enseñanzas por ninguna parte más allá que la de seguir caminando o sobreviviendo. La vida negociable nos presenta a un pícaro barato, dueño de los secretos de los demás, que se cree invencible hasta que confirma que lo único invencible es el destino, al que se confiesa incapaz de dar esquinazo porque él ya lo dice: que, aunque él pase por épocas de folletín, de novela erótica o de aventuras, siempre acaba convertido en un antihéroe, en un personaje tragicómico. ¿No son los momentos más ridículos quizás los más sublimes? A pesar de la incomodidad del tema –la frustración, la resignación–, leer a Luis Landero, como meterse en una bañera llena de agua tibia, como escuchar la voz de un padre en mitad de un bosque oscuro.