miércoles, 18 de enero de 2017

El club de los caníbales...


Los miembros del Club de los Caníbales devoran libros: les hincan el diente, los saborean y mastican hasta la última página. Pero las cosas cambian cuando eligen su próxima lectura, "Drácula", y un tipo con aire a vampiro y que duerme en un ataúd se presenta en casa. ¿Quién morderá a quien?
La literatura, igual que la comida, entra por los ojos y a El club de los Caníbales muerde a Drácula dan ganas de darle un buen bocado porque es, justo una marca de una mordedura, lo que tiene en una de las esquinas. Este detalle predispone al lector a leerlo, lo coloca en una posición de buen humor para enfrentarse a una nueva historia de esta pandilla obsesionada con los libros o más bien, que usa los libros para resolver misterios. Atención al mensaje: la literatura como medio para resolver conflictos, para entender lo que no se entiende, para ensanchar el mundo. La historia, como ya imaginamos, parte de un humor absurdo, de una especie de realismo mágico en el que cabe casi todo: desde que haya un mono obsesionado con leer que los padres de Leo confunden con un estudiante Erasmus hasta unos niños que crean una pistola lanza-ajos contra vampiros. En el mundo de los niños, y eso es un plus, no hay límites: la realidad no es un impedimento para la imaginación.
Tenemos en este club de los Caníbales una revisión del prototipo de las pandillas más emblemáticas de la literatura infantil: el responsable, el listillo, el torpe, el resolutivo (él o la). Se me ocurren muchos antecesores, por ejemplo, Los cinco, de Enid Blython. Y el autor, Gabriel García de Oro, lo hace con gracia, con cierta soltura que parece salida de conocer bien el mundo de los niños: sabe hacer sus bromas (Drácula y Dráculo), sabe llevar situaciones absurdas al límite y entiende que una novela dirigida a los más pequeños tiene que ofrecer toneladas de acción, de giros de guion. En esta ocasión, como ya anuncia el título, Drácula será la estrella invitada que sale del libro y formará parte de la aventura. ¿Qué niño –digo, qué lector- no ha fantaseado alguna vez con que sus personajes literarios favoritos se hagan realidad? Pues ésta es la baza con la que cuenta el autor.
Esta novela, que publica Anaya y que, insisto, tiene una presentación "muy cuqui", como dicen ahora los jóvenes, no se queda en el humor superfluo o en la tontería banal sino que hay ciertos valores que están a la vista de todos. ¿Cuáles? El primero y más evidente es el del valor de la literatura –fijaos que es un grupo unido por los libros, que se divierten gracias a la literatura-; y después aparecen otros como los miedos nocturnos o la necesidad de donar sangre. Y no se queda ahí, aparecen cosas tan curiosas como contenidos sobrenaturales o una referencia al internet subterráneo, sí, esa red que está debajo de la que todos usamos. Sí, parece que no hay temas de adultos que no puedan ser presentados para un enfoque infantil. Y después, hay mucho compañerismo, compromiso con el bienestar de los demás, lealtad, confianza y respecto.
            Y todo esto para niños. El club de los Caníbales muerde a Drácula es una nueva entrega de esta pandilla disparatada que tiene una pasión innegable por los libros y por relacionarse con personajes literarios. Esta vez le toca el turno al vampiro más famoso del mundo, y el resultado es divertido y vertiginoso, una aventura concebida para el disfrute y el aprendizaje. Los dibujos de Purificación Hernández le dan un toque estupendo. Y ya sabéis, está recomendado para adultos con más de diez años. Y recordad: los libros nos facilitan la vida, nos dan aventura y nos ayudan a resolver problemas. Si lo dicen los caníbales...

Tabú


Nacido en una familia aristocrática venida a menos, Sebastian von Eschburg es un niño solitario e introvertido, con una madre que sólo se interesa por las carreras de caballos y un padre alcoholizado y aficionado a la caza, a quien, no obstante, lo une un fuerte vínculo. Con el tiempo, la extraordinaria percepción del color que posee Sebastian transformará al niño sensible y vulnerable en un famoso fotógrafo, un artista internacionalmente reconocido que plasma en sus obras una tormentosa relación entre ficción y realidad, verdad e ilusión. Sin embargo, en un giro inesperado, su vida cambia por completo cuando una llamada telefónica a la policía lo convierte de la noche a la mañana en el presunto asesino de una joven desaparecida.

No es un thriller ni una novela negra. No se parece a un ensayo ni a una novela psicológica. No es tampoco una historia de ésas intimistas. No es nada de eso y, sin embargo, todo está ahí, en Tabú, la desconcertante última obra de Ferdinand Von Schirach que publica la editorial Salamandra y que se presenta como un auténtico trampantojo: algo que aparenta lo que no es (trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es, según la Real Academia de la Lengua). Y el lector, ante esta mezcla difusa de realidad y ficción, sólo puede abandonarse en los brazos del narrador: una entrega absoluta, ciega y también inquieta. ¿Adónde nos llevará? A través de una prosa desnuda y con cierta tendencia poética, esta historia nos propone un asunto complejísimo: el de la belleza y el arte, el de la verdad que subyace en las cosas porque, lean, “el arte debe provocar y arrasar, es ése el único camino hasta la verdad”. Y ése es el único propósito del autor y hará cualquier cosa para engatusar el lector.
            Precedido por una curiosa cita –que de la luz de los colores verde, rojo y azul siempre saldrá el blanco-, el Von Schirach nos relata la historia de un hombre con una insólita capacidad de apreciar los colores, obsesionado con la fotografía y con su soledad, un artista con los ojos redondos de tanto observar/analiza/memorizar lo que le rodea, una persona medianamente infeliz, un auténtico buscador de las cosas bellas y con poco tacto para las relaciones personales que, un buen día, tiene que enfrentarse a una acusación de asesinato. El problema es que no existe cadáver ni identificación de la víctima. Y llega aquí, aparece como de la nada –una bomba que explota entre las manos- la parte negra, policíaca intentando resolver un crimen que quizás no se haya cometido. ¿Ven lo que le digo? Un trampantojo, una de esas salas con espejos que te muestran ahora gordo, ahora alto, ahora deformado. Y con uno de los desenlaces más inesperados que recuerdo, la historia acaba convertida en un gran discurso sobre el arte, la belleza y la verdad. La verdad no es la belleza, nos recuerda. Y al mezclar la luz de todos los colores, sale el blanco.
            No se asusten. No es una lectura complicada ni extravagante, es sólo una mirada peculiar, un gusto innato por los detalles, por hacernos reflexionar sobre lo real y lo ficticio, sobre lo que de verdad existe. El libro se lee en una tarde, aunque su resaca dura días e incluso semanas por ese entramado de argumentos que conformar una originalísima visión del mundo. La novela, además, está trufada de ciertas escenas muy impactantes relacionadas con el arte, como la revisión de La maja desnuda de Goya. El autor sabe de lo que habla y ha encontrado una forma bella y verosímil de contarlo gracias a un narrador distante con lo que cuenta, desapegado de su historia y de sus personajes.
            Tabú es un mar de contradicciones que funciona como un lienzo alucinante. Todo, dentro de la novela, tiene su lugar y todo cumple su función sin molestar. Una prosa estimulante, una historia inesperada y, sobre todo, un discurso inteligente. Ferdinand Von Schirach nos propone una novela que es un juego de espejos, un delicioso trampantojo. Eso sí, no faltan el misterio, el sexo y la sorpresa. Y todo un acierto mezclar lo bello y lo justo, lo verdadero y lo que los hombres creen verdadero, la realidad y la ficción. Y parece que esta novela, como una matriuska, tiene otras novelas dentro, como el color blanco, que tiene otros colores dentro. Y yo mientras tanto, sigo pensando en las cuestiones que plantea la novela: ¿Qué es la culpa? ¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? ¿Todas las personas tienen dignidad? Bueno, y aquí sigo… 

domingo, 15 de enero de 2017

Azul marino


Barcelona, 1959. Mientras la Sexta Flota norteamericana permanece fondeada en el puerto, un marinero estadounidense es asesinado en un antro del Barrio Chino en lo que a primera vista no parece más que una simple reyerta arrabalera. Pero una vez más, la indudable perspicacia de la periodista Ana Martí serán fundamentales a la hora de esclarecer el suceso. Ya sea ejerciendo como intérprete del inspector Isidro Castro —viejo conocido con el que ya colaboró anteriormente— en su forzoso entendimiento con la Policía Militar de la Marina americana o bien desarrollando sus propias investigaciones para El Caso y Mujer Actual, nuestra intrépida protagonista irá desenmarañando una historia plagada de medias verdades e intereses diversos: los de quienes buscan un culpable español y los de aquellos que preferirían que el asesino fuera un extranjero. Además, una serie de tramas interconectadas, que van desde la prostitución y el contrabando de los bajos fondos hasta la degradación moral de las altas esferas de la burguesía, vendrán a complicar las cosas en este extraordinario fresco de una ciudad y un tiempo recreados con tal maestría que permanecerán para siempre en el imaginario de todos los lectores.

Las despedidas son menos tristes si se hacen por todo lo alto y dejan un buen sabor de boca porque, aunque da pena decir adiós, uno sabe que ha merecido la pena. Algo así pasa con Azul Marino, la última entrega de la apasionante trilogía policíaca de las autoras Rosa Ribas y Sabine Hofmann, en la que nos han llevado a la España de la Dictadura –concretamente hasta finales de los 50– para presentarnos a Ana Martí, una joven periodista que intenta buscarse la vida como puede (o como le dejan) y que resuelve, con la única ayuda de su curiosidad y su valentía, varios crímenes que no son lo que parecen. Y gracias a ella, una mujer sin demasiada experiencia en un enrevesado mundo masculino, conocemos un país lleno de dobleces y de bajos fondos, poblado por seres oscuros y en el que la verdad no es siempre la mejor opción. Sí, hablo de la España de nuestros abuelos. Con Azul Marino se cierra una de las series más contundentes y más interesantes del panorama literario negro de los últimos años. Don de lenguas y El gran frío preceden esta entrega, también en la editorial Siruela.
            En esta ocasión, Ana Martí, la periodista que sigue escribiendo para Mujer actual y El caso, se ve envuelta en un doble crimen: por un lado, la muerte en una reyerta de un marine y por otro, el de una costurera que se suicida y que nos llevará hasta el inhóspito mundo de los internados de la posguerra. Estamos en la Barcelona del año 1959, cuando la Sexta flota americana desemboca en el puerto y revoluciona el Barrio Chino. Y las autoras vuelven a demostrar una maestría indiscutible a la hora de desplegar ante nosotros el retrato de esa España gris y tramposa, cimentada en la moral y en la apariencia, donde cualquier error se paga (de por vida). Como ya dejaron claro en las anteriores novelas, saben cómo dosificar la intriga, saben cómo compensar los datos de la investigación con los íntimos, saben cuidar –qué gustazo- el estilo. Y así, nos topamos, por ejemplo, con los chanchullos de la prostitución en la Dictadura, con las asociaciones caritativas que intentaban reeducar a las mujeres que habían tenido hijos sin estar casadas o con el desolador panorama de los internados y niños huérfanos. Y todo nos lleva a lo mismo: las reglas de comportamiento no son iguales para los que tienen dinero que para los pobres. Los elegidos gozaban de algo parecido a la amnistía.
            Azul marino, que incluso podría leerse como novela independiente, utiliza la España de la Dictadura como un personaje más, un villano que entorpece la investigación, que se convierte en cómplice de los opresores, que guarda también sus oscuros secretos. Y ése es, sin duda, uno de los aciertos de Ribas y Hauffman: el control absoluto del escenario, de los personajes que lo habitan y de las reglan que lo determinan. Ana Martí, la protagonista, ha evolucionado desde la aparición del primer libro: ya no es esa jovencita tímida y temerosa sino que ha desarrollado una serie de recursos propios, es una mujer decidida y valiente, dispuesta a cambiar ciertas cosas. Y se agradece. Ah, por cierto, no se pierdan las últimas páginas porque es especialmente conmovedor el epílogo, a modo epistolar.
            Azul marino cierra esta trilogía patria. Y sí, da cierta tristeza despedirse de este universo porque no sólo cumple el objetivo de entretenernos sino que, además, nos acerca a la España de los cincuenta: uno aprende del periodismo de la época –sólo estaba permitidas dos noticias de crímenes a la semana-, del (pequeño) papel de la mujer en la sociedad (y en la vida) y de ese ojo omnipresente que fue la Dictadura. Aquí están el silencio y la represión, la religión y la oscuridad, los desvelos profundos, la muerte. Una vez más, gracias a las autoras por su pasión, por tomarse en serio sus historias, por recordarnos con tanto cariño nuestro pasado como sociedad. Esta trilogía, señores, no es más que un homenaje a la palabra: a la de la mujer, en una época muda y difícil. Y ya sólo por eso tiene mi admiración.

PS: He escuchado a Rosa Ribas adelantar algo sobre sus próximos proyectos: algo sobre los hombres y mujeres que, en los 50, emigraron al Norte de Europa. Y desde aquí, me froto las manos: ya estoy impaciente.