martes, 27 de septiembre de 2016

Quizá


Clarissa tiene once años; es una estudiante ejemplar y una buena hija, pero no le gusta relacionarse con otras personas, es muy solitaria. Un buen día, su primo Arthur, de dieciocho años, a quien apenas conoce, llega a su casa. Arthur es un chico problemático que ha intentado suicidarse, ha estado ingresado en un hospital y ahora acude a la gran ciudad para pasar el curso con sus tíos y su prima. El chico odia estudiar y le encanta salir con sus amigos. A su manera un tanto disfuncional, Arthur sentirá una creciente compasión por Clarissa y pasará a ser el único que la comprende. Ambos comparten la misma soledad, quizá a causa del miedo a perderse, a disolverse, a pasar desapercibidos ante el resto del mundo.

Llega un momento en la vida, en la de todos, en la que el mundo se divide sólo en dos grupos: los que son mayores que tú y los más pequeños, como si ésa fuera la única distinción posible. Los más viejos, los más jóvenes. Es por eso que uno –o sea, yo- abre la boca y pone los ojos redondos cuando ve que la autora de Quizá, la novela publicada por la editorial Siruela en su colección Nuevos Tiempos, tiene veinticinco años. Sí, veinticinco. Luisa Geisler, que ya ha sido seleccionada como una de las mejores narradoras brasileñas jóvenes, se mete en asuntos tan complicados como la soledad (crónica), la incomunicación (crónica) y la tristeza (crónica), todas en el ámbito de lo doméstico, en las frágiles relaciones familiares. Y os lo reconozco, me pongo alerta ante tanta juventud, entre la sorpresa y la incredulidad, entre la fascinación y el rechazo. Son prejuicios, o envidias. O quizá un poco de cada uno.
            Quizá se sustenta en la relación de Clarissa y Arthur. Ella es una niña brillante, estudiosa y casi olvidada, que se entretiene como puede y que parece haberse acostumbrado a la ausencia de sus padres, que trabajan todos los días a todas horas; su mundo es un rincón y un gato. Él es un joven rebelde y descuidado, que huele a alcohol y a tabaco, con ganas de romper los moldes, de explorar, de experimentar y de desobedecer, que además viene precedido por ciertas circunstancias graves; tiene dilataciones en las orejas, lo persigue el abandono. El encuentro entre los dos protagonistas no será fácil, o pasará por baches, pero servirá para redimirlos a los dos, para que descubran un espacio más sereno, más pleno y más feliz del que habían conocido. Estas dos almas solitarias se reconocerán en sus tristezas y emprenderán, al compás, un re-conocimiento del mundo, de la familia y de las relaciones personales. Alrededor de esta amistad orbitan otros personajes, secundarios, pero grises, sumidos cada uno en su propia mediocridad, haciendo de la vida un teatro aburrido.
            Hay en toda la novela –quizá eso lo da la juventud- una búsqueda, una necesidad continua de innovar. Se ve en la estructura –capítulos cortos, sin orden cronológico, a veces compuestos sólo por una frase o un número-, en la prosa –recurre muy a menudo a las repeticiones, como la descripción de la televisión- y hasta en los diálogos, que tienen a la profundidad. Se nota un interés por encontrar su propia voz, por diferenciarse del resto y por hacer algo original. Lo consigue, sí, de eso no hay dudas, aunque creo que la historia era lo suficientemente potente como para centrar al lector en la trama. La estructura, al principio, puede descolocar. Eso no quita que Luisa Geisler se revela ya, con veinticinco años, en una narradora con las ideas muy claras, con una pluma solvente. Lean por ejemplo: “Si quieren que te escuchen, tienes que ponerte una máscara” o “Algún día –ella me miraba, yo sabía que iba a llorar-, algún día vas a echar de menos hoy”.
            Quizá, de Siruela, es la mirada de una escritora joven sobre el inescrutable y enrevesado mundo de las relaciones humanas. Y ojo, no lo digo como un defecto: la mirada joven le da frescura, le da espontaneidad y cierta peculiaridad. Luisa Geisler, la autora, nos mete en la una familia donde nada parece lo que es, donde todos los miembros luchan por sobrevivir y por hacer lo único que saben: intentar ser felices a toda costa. Están muy bien conseguidos los matices en esa relación de los dos jóvenes, esa pesadez ante el mundo –desde tan pequeños-, esa necesidad imperiosa de ser salvados. Como tú, como yo. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Muestra mi cabeza al pueblo


1793, la Revolución convulsiona París; la guillotina se ha convertido en protagonista. Son los años del Terror. Danton es llevado al cadalso; los Girondinos celebran su última cena en la Conciergerie; María Antonieta en su celda ansía otro final; Charlotte Corday va a pagar por el asesinato de Marat y Adam Lux, enamorado, será condenado por la vehemente defensa pública que hace de la joven… La cuchilla espera a Robespierre, al marqués de Lantenac, al poeta André Chénier y a Lavoisier, el más grande genio francés del siglo. Vivimos con ellos los días, los momentos, previos a que su cabeza caiga en el cesto del verdugo y sea mostrada al pueblo.

Siempre estaré en deuda con Cabaret Voltaire, y no sólo por seguir demostrando con cada elección una línea editorial sólida, original y coherente sino por haber rescatado la obra del que, a día de hoy, es uno de mis autores predilectos: Agustín Gómez Arcos (ya os hablaré de él cualquier día, porque tengo una misión personal: que todos lo conozcáis, que el mundo entero se rinda a su talento). Cabaret Voltaire tiene autoridad en esto de la literatura, sí, cualquier título que venga respaldado por este sello tiene a priori mi interés, llama mi atención. Y ya les he contado el motivo: un catálogo de escritores imprescindibles. Pues bien, con Muestra mi cabeza al pueblo lo vuelve a hacer, se coloca otra medalla en la pechera. Esta obra, del joven François-Henri Désérable y que viene respaldada por notables premios en Francia, nos lleva hasta la época de la Revolución Francesa –finales del dieciocho, principios del diecinueve- para hablarnos a todas horas de la muerte y de la guillotina, para enseñarlos la cojera de una justicia que da palos de ciego, para hacernos reflexionar sobre el peaje que exigen ciertas libertades. Bienvenidos, todos, a los años del Terror.
            Como rezan las últimas líneas de Muestra mi cabeza al pueblo, la leyenda –o sea, la ficción, lo literario- triunfa a veces sobre la Historia, y esta novela es una buena prueba de ello. François-Henri Désérable se hace fuerte en este subgénero de la novela histórica al presentarnos esta estimulante mezcla de hechos y fábulas, un extravagante paseo entre lo real y lo onírico gracias a estos diez relatos que componen la obra y que están conectados por el mismo escenario, el cadalso, y por el mismo color –rojo, rojas las manos de los verdugos y rojos los cuellos de los ajusticiados-. Los protagonistas son todos víctimas del Terror Revolucionario. Y aquí reside uno de los grandes logros del autor, que es el de llevarnos de la mano hasta la guillotina y dejarnos oler la muerte para hacernos reflexionar sobre los sacrificios de la República. ¿Compensa matar a algunos inocentes por el bien del pueblo, por el bien de la Historia? Parece que sí. Aquí, en estas páginas, está la muerte como final único y elevado; pero en cada historia, un ánimo, un pretexto, un miedo. Y nos damos cuenta de que, al igual que en la vida, en la muerte cabe todo: el deseo y las pulsiones sexuales, la traición y el amor, la literatura y el arte, los miedos, la valentía y los rencores. Morir por una causa es vivir para siempre. Muestra mi cabeza al pueblo resuena en este siglo veintiuno, en la era de las libertades, y nos recuerda que hay cosas que no han cambiado demasiado: que la democracia o la república exige un peaje, controlar (y silenciar) a ciertos elementos insurgentes.
            Dejemos, pues, que el autor nos haga de guía y nos narre escenas concretas de Robespierre, Danton, María Antonieta o Charlotte Corday, entre otros; y escuchémoslo, con ese estilo seco, pulcro y comedidamente poético, haciendo gala de una indiscutible habilidad para contagiarnos del ambiente, para llevarnos más allá de lo que se ve. Una prosa de una madurez inaudita, de innumerables dobleces, sugerente a veces; la Historia contada como pequeñas historias. Y todo para hacernos meditar sobre el individuo y la comunidad, sobre las libertades, sobre el terror, sobre las manos manchadas de sangre. El ser humano no es bueno por Naturaleza. El pueblo, tampoco. ¡Qué bien documentada está! Lean este párrafo, porque parece el inicio de todo: “La historia de Francia llevaba estática un milenio: los hijos de los reyes se convertían en reyes; los de los señores, en señores; los de los criados y vasallos que no morían de niños, en criados y vasallos. Y, en apenas unos meses, cansado de inclinarse bajo el yugo señorial hacia un suelo del que no probaba los frutos, el pueblo levantó la cabeza y descubrió las virtudes de la igualdad”. Y al final, una certeza: que las Revoluciones nunca son modélicas.
            Muestra mi cabeza al pueblo, título tomado de las últimas palabras de Dalton, es una atípica novela sobre las sombras de la igualdad, sobre esas libertades que brillaban sobre el papel, pero que parecían imperfectas en la práctica. Y con sutileza –porque ciertos temas exigen ser sutil-, el joven escritor francés Désérable fija su mirada en la guillotina y demuestra con holgura su don para ir más allá de los hechos, para insinuar más que mostrar. Su palabra, como un pozo hondo, a veces oscuro. Los diez relatos que componen esta obra tienen como cimiento la muerte, una muerte que nos presenta con las manos llenas, de significados, de razones. Después de leerlo, lo único que puedo decir es: Muestra este libro al pueblo. 

martes, 20 de septiembre de 2016

El amor del revés


El amor del revés es la autobiografía sentimental de un muchacho que, al llegar a la adolescencia, descubre que su corazón está podrido por una enfermedad maligna: la homosexualidad: «En 1977, a los quince años de edad, cuando tuve la certeza definitiva de que era homosexual, me juré a mí mismo, aterrado, que nadie lo sabría nunca. Como la de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, fue una promesa solemne. En 2006, sin embargo, me casé con un hombre en una ceremonia civil ante ciento cincuenta invitados, entre los que estaban mis amigos de la infancia, mis compañeros de estudios, mis colegas de trabajo y toda mi familia. En esos veintinueve años que habían transcurrido entre una fecha y otra, yo había sufrido una metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa: había dejado de ser una cucaracha y me había ido convirtiendo poco a poco en un ser humano.»  
Tengo aún el libro entre las manos. Termino de leer atribulado, entre el rubor y el sofoco, después de verle las entrañas a Luisgé Martín, después de haber asistido a esa descarnada confesión erótico-sentimental que es El amor del revés, publicada por Anagrama, y en la que aborda su proceso de aceptación de la homosexualidad. Quizás no estamos acostumbrados a que nos hablen de las cosas importantes con tanta claridad, o a conocer los demonios del otro, sus tribulaciones y sus desvelos. Quizás aún nos pesan demasiado los complejos y las vergüenzas, o simplemente nos resultan infrecuentes estos ejercicios concienzudos de honestidad. Les reconozco que a veces, durante la lectura, apartaba la mirada, como si estuviera fisgoneando en su diario, como si me empeñara en escuchar una conversación privada en la mesa de al lado. Es el pudor que dan los asuntos graves de los otros, la tensión que produce acercarse a la intimidad ajena.
            En esto tan actual de las ficciones del yo, Luisgé Martín compone su propia identidad a través de un protagonista que se convence de su minusvalía a raíz del descubrimiento de su atracción por los hombres: se atrinchera en el silencio y se margina de la sociedad, se resiste a todas horas. El origen de todos los males, el inicio del caos. Es una autobiografía emocional a partir de la propia gestión de sus deseos. El libro, como revela la sinopsis, recorre desde los quince a los treinta y seis años aproximadamente; el trayecto que abarca su lenta transformación de atormentado a sereno, de sufridor a satisfecho, de cucaracha a hombre, en clara referencia a La metamorfosis, de Kafka. Y ahí, en esas páginas, está todo, nada parece ocultarse: sus pulsiones incontrolables, sus incendios invisibles, sus primeros escarceos, sus muchos rechazos y sus muchos enamoramientos; su bajada a los infiernos, sus locuras por amor, sus locuras por desamor, sus intentos por zafarse de la tentación, sus fugaces visiones de la felicidad y su búsqueda de la pareja. El autor hace con esta obra un ejercicio de exposición con el que, posiblemente, culmina esa aceptación de su homosexualidad. Fíjense: la literatura como parte del proceso vital, la narración como forma de congraciarse con su yo. La palabra escrita, en todos sitios, por todas partes, como herramienta para entender y ordenar la propia vida.
Tomando la premisa de Michel Leiris de que en el sexo se sustenta la personalidad, como una viga maestra del carácter, el autor hace un repaso a su historia íntima que también puede entenderse como un recorrido a vista de pájaro por una España que se despereza lentamente tras la Dictadura para abrirse a otro paisaje, a otras libertades. Luisgé Martin, ¡qué generoso!, nos permite visitar sus rincones más oscuros, abrir todos los cajones y hasta hurgar en su basura. Puede ser el morbo, la curiosidad o sólo las ganas de que acabe bien y de que el yo literario pregone su felicidad, pero El amor del revés se lee –o se puede leer- como una autobiografía, como novela de amor y de romances, como un libro de aventuras, como uno de superación. Todo cabe y todo se disfruta. Y además, por el camino conocemos también algunos de sus referentes literarios, como el libro Las horas, de Michael Cunningham, y esa carta de Virginia Woolf que todos los enamorados hemos soñado con escribir alguna vez –“Si alguien podía haberme salvado, ése eras tú”-, Muerte en Venecia, de Thomas Mann, o algún poema del lúcido Karmelo C. Iribarren. Y por supuesto, la onmipresente metamorfosis de Kafka.
La prosa de Luisgé Martín –bendecido desde siempre con el don de la musicalidad- se ancla en esa extraña región que hay entre la ternura y la dureza, entre lo bruto y lo dulce, entre lo salvaje y lo doméstico. Su estilo, estimulante, sagaz, me recuerda a las telas tornasoladas, porque parece siempre a punto de ser otra cosa, de mutar, de convertirse en algo móvil, como un pájaro al que se le ha dejado la jaula abierta. El autor, con una clara tendencia a lo poético y a la belleza, deja que escuchemos el pulso que late bajo la historia. Una vida, cualquier vida, parece más bonita si la cuenta Luisgé Martín.
         Leer El amor del revés ha sido casi un ejercicio físico. He sudado, me he ruborizado, se me ha desbocado el corazón. He terminado deliciosamente agotado, tendido en la cama –las manos bajo la nuca– pensando en el autor, sintiendo una extraña conexión, una comprensión silenciosa, lleno de preguntas. Quizás es que todos amamos parecido. La literatura, a veces, tiene este poder, el de desestabilizarte, el de provocarte un ligero vértigo o un bostezo dentro del pecho. No sé a qué se debe, sólo sé quién es el causante: Luisgé Martín. Y le doy las gracias, por la valentía, por la música y el talento, por comprometerse. Como pasa con los amores locos, uno podría dejarlo todo aparcado y, en esta ocasión, dedicarse sólo a leer. A leer El amor del revés.