martes, 18 de abril de 2017

El libro de los espejos


Cuando el agente literario Peter Katz recibe un manuscrito tituladoEl libro de los espejos, no puede evitar sentirse intrigado por lo que encuentra en él. Se trata de las memorias de un tal Richard Flynn, y en ellas habla de su época como estudiante en la Universidad de Princeton en la década de los ochenta, al tiempo que relata su estrecha amistad con una estudiante llamada Laura Baines, y su relación con el profesor Joseph Wieder, un reconocido psicoanalista especializado en la pérdida de la memoria. En el manuscrito, Flynn vuelve a los detalles olvidados de aquellos meses para contar la verdad sobre un asesinato que tuvo lugar la víspera de Navidad de 1987. Pero el manuscrito termina de forma abrupta y el agente literario se obsesiona con este suceso ocurrido hace veintisiete años. No será el único: un periodista de investigación intenta reconstruir los hechos y el detective original del caso, ya jubilado, pretende desenterrar la verdad antes de que el Alzheimer devore sus recuerdos.


Piensa en tu primer recuerdo, en el más antiguo. Según los expertos, suele ser de cuando tenías dos o tres años, y marca el inicio de la memoria, de la nuestra. Ahora imagínate que ese recuerdo no es tuyo sino que es adquirido, es decir, que de tanto escuchar a los demás hablar de él lo has asumido como tuyo, le has dado forma y lo has guardado contigo. Y lo peor es que estás convencido que pertenece a ti, que lo has vivido. Sería algo así como una trampa. Por ejemplo, fíjense, mi miedo a los perros –que ya voy superando- no viene de una mala vivencia sino del miedo atroz de mi madre; y de tanto repetírmelo, llegué a convencerme que un perro negro me había mordido. Nunca pasó, pero durante mucho tiempo me lo creí. Pues en algo así se sustenta El libro de los espejos, una de las últimas apuestas de Literatura Random House, escrita por E.O. Chirovici y que se nos presenta como un thriller peculiar cuyo objetivo es arrojar luz sobre un crimen ocurrido hace casi treinta años atrás y en el que está involucrada, en cierta forma, la memoria tramposa. El asesinato tendrá que ser resuelto con lo que recuerdan los supervivientes que, además, eran los principales sospechosos.
            Es la memoria un asunto fascinante por su capacidad de transformar la realidad. Los hechos, al pasar por la experiencia humana, quedan filtrados y se guardan entre los recuerdos de determinada manera. Y cuando ha pasado mucho tiempo, no nos queda la realidad sino lo que cada uno recuerda de ella. Con esta premisa tan estimulante y tan delicada, el autor nos habla del asesinato de un famoso psicólogo, en el año 1987, y en el que son sospechosos sus ayudantes, sus amigos, sus colegas: su círculo más cercano. Es estimulante porque la resolución del caso tiende un puente entre el presente y el pasado, por lo tanto, dibuja dos escenarios, dos realidades y dos conflictos; y delicado porque es como atravesar un río en balsa: uno puede ahogarse a mitad de camino, es decir, la trama podría quedar confusa y desvaída con tantos saltos en el tiempo. No se preocupen. Nada de eso ocurre. A Chirovici se nota que le apasiona el tema y lo maneja a su antojo. Sale triunfante de este experimento literario.
            El libro de los espejos entra dentro de esta nueva corriente tan de moda del domestic noir: el asesino siempre está entre los más allegados de la víctima, en la zona de confort y está divido en tres partes, cada una correspondiente a un narrador que cuenta la historia según la recuerda (o según la conviene). Así, entre todos, van componiendo los hechos, tal y como ocurrieron treinta años atrás. En esta obsesión por la memoria cabe, cómo no, la mentira, la invención, la falta de precisión. El estilo, como requiere este tipo de novelas, es contenido y tiende a la simplicidad, pero está muy cuidado y, además, lo utiliza de una forma muy inteligente para la dosificación del misterio. Y lo más importante: que al final todo encaja, y el motivo del asesino para terminar la víctima son contundentes o al menos, creíbles.
            Los espejos de El libro de los espejos son como los de los circos: que te devuelven una imagen de ti distorsionada. Así es la memoria, que contamina los hechos. La primera novela de Chirovici, que ya se ha convertido en un súper ventas en muchos países, viene precedido de estupendas críticas que alaban la elección del tema. Como thriller funciona a la perfección, pero lo mejor sin duda es ese análisis de la memoria y es que el autor lo consigue: no te fíes ni de tus propios recuerdos. 

jueves, 13 de abril de 2017

Estridente y dulce


El héroe y narrador de esta novela se despierta en la cama de un hotel junto a una mujer que no es su esposa, sino una amiga de ambos. La sorpresa se transforma en profunda angustia cuando advierte que la cabeza de la mujer se encuentra sobre una mancha de sangre, posiblemente a causa de las drogas que ambos tomaron la noche anterior. Asistiremos entonces a la caída libre de un personaje narcisista y politoxicómano que, hasta ese momento, llevaba una existencia confortable en la zona residencial de una megalópolis anónima. Allí vive junto a su esposa, el perro de ambos y un viejo amigo de la infancia en casa de unos padres tan comprensivos como consentidores. Éstos le han proporcionado una buena educación y lo han apoyado en todo, pero no pueden evitar observar con inquietud el hecho de que su hijo haya decidido abandonar un empleo seguro para atender la llamada de una tardía vocación artística.

La violencia puede ser hermosa. Lo sexy también puede ser triste. En lo terrible puede palpitar la belleza. La felicidad está unida, a veces, a la mentira. Y en lo dulce está también lo estridente. Y por este catálogo de oxímoros –dos términos que en principio parecen opuestos, como "hielo que quema", "viento quieto" o "lavado en seco"-, por estos territorios aparentemente contradictorios, se pasea el extravagante escritor Adam Thirwell en su última novela, publicada en España por Anagrama, y en la que conocemos a un hombre casado que, con una resaca monumental, se levanta en una habitación de hotel con una de sus mejores amigas, que además tiene la cabeza cubierta de sangre. No recuerda nada, sólo sabe que quiere salir de ahí y que tiene que hacer lo posible para no dejar rastro. Y ese protagonista, narrador y antihéroe, sirve para retratar una generación mimada y sobreprotegida que busca los estímulos sin importar las consecuencias, que va dibujando los límites de la moral a su conveniencia y que intenta, de forma estéril, ser feliz. Es la generación que no quiere crecer, que quiere que se lo den todo hecho. Son los ciudadanos que tienen entre treinta y tantos y cuarenta y algo, ésos que pensaban que vivir sería más fácil. Esta historia es Estridente y dulce.
            No es Adam Thriwell un narrador al uso. Y no sólo por los temas que aborda –complejos y profundos, con infinidad de recovecos- sino por cómo los aborda, con esa prosa hipnótica que está a veces muy cerca del fluir de conciencia, por esa capacidad de armar un discurso espontáneo y a la vez denso, por darle la voz a un narrador que es a veces un charlatán y que encarna valores quizás no demasiado populares. Como escritor, igual que sus personajes, huye del tedio y de la rutina. Y por eso esta novela es como una lluvia de confeti, un máquina de electroshocks: habla del matrimonio, de sexo, de violencia y de dinero, de no tener futuro, de querer cualquier vida que no sea la propia, de las despedidas y los encuentros, de las lealtades y las infidelidades, del costoso trabajo que es ser feliz, de lo complicado que es tener coherencia y de lo fácil que es perderse. ¿Dónde? En la vida, en las drogas, en la apatía. Sí, el narrador –cuenta todo en primera persona- encarna eso de lo que huimos: cuando hay que recurrir a la locura para darle sentido a la vida.
            La propuesta de esta novela –de este narrador a través de esta historia- es la de provocar incómodos enfrentamientos: como enlazar lo dulce con lo sucio, el rechazo de lo bonito y lo agradable, subirse al umbral de horror. La belleza, lo armónico, lo pacífico está sobrevalorado para una generación que parece incapaz de apreciar cierto bienestar. La novela, en sí, está conformada como un collage: empieza con un thriller, con un poco de misterio, que queda resuelto enseguida y se convierte en un viaje por la catástrofe, por un paisaje devastado e irrecuperable. Y en esto el personaje es un experto: se mete en líos, engaña, roba, defiende su infidelidad. Quédense con este título y con esta historia porque Hollywood ya ha comprado los derechos para adaptarla al cine.
            Estridente y dulce nos pone en conflicto: a los lectores con nosotros mismos y con los valores que queremos que nos representen. ¿Quién no se visto obligado a sacrificar algún principio para conseguir algo? Aquí está el tradicional enfrentamiento entre lo apolíneo y lo dionisíaco que termina en una espiral de violencia, de morbo, de sexo. Y de incomunicación. Y sí, lo feo puede contarse de forma bella. En lo más feo de la vida puede estar lo más bello de la literatura. Lo que está claro es que los habitantes de este siglo tenemos unos retos nuevos, a veces retorcidos, y que seguimos queriendo ser felices. Así describe el propio autor la lectura de este libro: “Es como cuando tomas una droga y te sienta fatal”.

miércoles, 12 de abril de 2017

El nombre propio de la felicidad, María Jeunet


SINOPSIS: Mientras Nico, antaño un joven escritor de éxito, trata de arreglar la vida de los que le rodean, la suya va cayendo en un pozo del que cada día le resulta más difícil salir: hace años que no escribe, acaba de mudarse a una polvorienta buhardilla parisina y para conseguir un dinero extra trabaja en el metro de París.
Sus inesperados nuevos amigos y el dibujo abandonado por una chica misteriosa en los túneles del metro serán los detonantes para que Nico decida, por fin, dejar de preocuparse por el bienestar de los demás y acometa la tarea de su vida: alcanzar su propia felicidad.
El nombre propio de la felicidad es un cuento de hadas contemporáneo con un protagonista honesto, inocente y optimista que adorarás desde la primera página.

El nombre propio de la felicidad no es una romántica al uso, y me explico. Es cierto que cuenta una historia de amor que sigue los cánones, sin embargo hay ciertos detalles que la hacen diferente. El amor es importante, pero he tenido la sensación durante toda la trama que la autora le daba mucha más importancia a las relaciones que hay entre los diferentes personajes. No digo que sea malo, simplemente es distinta. Esta es ante todo una novela de amistad y de superación, ya no solo por parte del protagonista, también lo es para todos los demás personajes.

Para empezar, Nico, el protagonista de esta historia tan singular, nunca se ha preocupado de buscar el amor. Siempre ha estado más ocupado en hacer que sus amigos sean felices. Sin embargo, un día el amor surge sin más y decide que es hora de ir tras él. Judith, la chica de la que se ha enamorado, aparece en una de las cámaras del metro de París donde trabaja Nico. A partir de aquí, todos los amigos de Nico, que también trabajan en el metro, se confabulan para que haya un encuentro.

Nico escribió años atrás una novela infantil de la que ha tenido grandes beneficios, pero necesita repetir ese éxito. Desde aquella novela no ha vuelto a crear nada que valga la pena. Judith es como esa hada que se presenta en el momento más oportuno. Ella tira un papel a una papelera de una parada de metro y Nico decide “rescatarlo”. Ese papel resulta ser un dibujo que da pie a que vuelva a ponerse delante de la máquina de escribir e idear una nueva historia.

Judith, por su parte, huye de un trabajo en Nueva York que no la satisfacía, como también huye de un pasado doloroso. Nico dará sentido a esos dibujos que crea esta "hada". Parece que forman un buen tándem porque ven la vida con los mismos colores.

Nico no sería el que es sin todos sus amigos. Esta es una novela muy coral, una historia en la que los amigos se protegen unos a otros, y sobre todo, siempre están disponibles cuando alguno de ellos necesita una mano. Me ha gustado descubrir la evolución en todos ellos, no solo verla Nico, también en Judith, en Karim, en Carol o en Charlotte.

Creo que París es otro de los protagonistas de esta novela. Este relato no sería el mismo sin esos escenarios que nos muestra la autora. Aun así, aunque parezca que todo es idílico, la novela también muestra esa cara menos alegre que tiene la vida. Porque sí, la vida es maravillosa, pero también es cruel.

El nombre propio de la felicidad es una novela entretenida, tierna y sobre todo esperanzadora. No es una historia de amor muy apasionada, sin embargo tiene su encanto. Es como un cuento dentro de otro cuento, algo parecido a lo que cuenta Nico a los más pequeños de la casa. Si queréis pasar un buen rato, esta novela es ideal para una tarde de sofá.