miércoles, 21 de junio de 2017

Meretrice, Lola P. Nieva


SINOPSIS: Meretrice, Lola P. Nieva
Alessia pasa por momentos delicados: su marido la ha abandonado por su secretaria, su trabajo de agente inmobiliaria está en pleno declive y, para ella, su existencia deja de tener sentido. Justo cuando toma la decisión de rendirse, recibe una carta póstuma de su abuela Ornella, a la que nunca conoció, en la que esta le revela el motivo que la alejó de la familia: su obsesión por desentrañar un antiguo misterio oculto en el diario de una antepasada, Alonza di Pietro, una afamada meretriz del siglo XVII. Alessia descubre los turbios secretos de alcoba de hombres de alcurnia y estado, pero también el coraje de una mujer que gobernó su destino con sabiduría y fortaleza y que intentó huir del amor sin conseguirlo. Con la ayuda del apuesto y enigmático criptógrafo Luca Vandelli, deberá seguir la pista de algunas claves ocultas y enfrentarse a un peligro imprevisto: volver a amar. Una vida que esconde un secreto y que contiene la clave para salvar el presente de Alessia.
Meretrice es una novela que combina dos historias, una en el pasado, en concreto en la Venecia del siglo XVII, y otra en la actualidad. Aunque ambas historias me han parecido muy interesantes, tengo que decir que los hechos que pertenecen al pasado, la que corresponde a Alonza y Lanzo, me han atrapado mucho más. La autora hace un retrato de cómo pudieron ser los últimos años de esplendor de Venecia, una ciudad que a día de hoy sigue maravillando al mundo entero.

Alessia está atravesando momentos difíciles. En su camino se cruza la carta de su abuela, un diario que perteneció a una antepasada suya, Alonsa di Pietro y un canalla deslenguado que guarda más de un secreto. Poco a poco, mientras Alessia va descubriendo la vida de Alonza, por las dificultades que tuvo que pasar y cómo se hizo a sí misma, va tomando las riendas de su suya propia. Si bien las vidas de ambas mujeres no son del todo paralelas, sí que es cierto que ambas renacen de sus cenizas cuando han tocado fondo.

La Alonza que conocemos al inicio del diario, inocente y confiada, no tiene nada que ver con la mujer en la que acabó convirtiéndose. Esta es una mujer que descubre hasta dónde es capaz de llegar sin más recursos que su inteligencia y un carácter inquebrantable. Me ha parecido curioso que el declive de la ciudad corresponde con los últimos años de Alonza.

Alessia es una mujer que aún no sabe de lo que es capaz. Está perdida, duda de sí misma y de todo lo que le rodea. Esas dudas la hacen desconfiar en muchas ocasiones de Luca, aunque al mismo tiempo siente una poderosa atracción hacia él que no puede evitar.

Lanzo es el eterno enamorado de Alonza, un hombre que parece no tener nada que ver con su padre y sus dos hermanos. Es una víctima más de la maldad de su familia. Como Alonza, es un hombre que no se conforma con su destino, sino que lucha para recuperar lo que las circunstancias le arrebataron.

Por último tenemos a Luca, un hombre que sabe lo que quiere, sagaz, encantador de serpientes y desvergonzado. Junto a él, Alessia se embarcará en una investigación, no exenta de peligros, para descubrir qué esconde el diario de Alonza y el tesoro que parece que escondió en una isla maldita, que a día de hoy está prohibido visitarla. Él parece jugar en muchas ocasiones con ella, aunque también es cierto que Luca le demuestra en muchas ocasiones que es fiel a ella.

Aun siendo una novela larga e intensa, es una historia ágil y que se lee en un suspiro. A mí me ha atrapado casi desde la primera página. Al menos a mí me ha durado apenas tres días. Sin embargo, tengo que decir que había ciertas partes que me recordaba a fórmulas que ha utilizado en otras novelas, por lo que no me han sorprendido ciertos giros.

Meretrice es una novela con la que he disfrutado mucho, una historia que habla de venganzas, pero también de segundas oportunidades, y donde el destino juega un papel importante.

lunes, 19 de junio de 2017

Azul de medianoche


Holanda, 1654. Es el siglo de oro neerlandés, el tiempo de las ideas de Spinoza, cuando el arte de Vermeer y Rembrandt florece junto a los tulipanes que salpican de color la campiña holandesa. Allí, en una granja, Catrijn, nacida y criada en la pobreza, vive infelizmente casada; sin embargo, son tiempos de cambio, también para las mujeres. Tras enviudar, Catrijn sabe que ha llegado el momento de afrontar por sí misma el mundo que la rodea: buscar fortuna en la ciudad, acaso enamorarse y, por qué no, perseguir su gran sueño: llegar a ser decoradora de cerámica. Comienza así un recorrido que la lleva a la gran Ámsterdam y a las fábricas de cerámicas de la ciudad de Delft; lugares donde transcurre la historia y en los que las mujeres valientes como ella son capaces de forjar su propio destino.

Hay cosas, personas, situaciones imbatibles para contagiarnos armonía, para calmarnos y dejarnos en un estado parecido al bienestar: un amigo que habla bajo y dulce, el tacto de la seda en las mejillas, un cuadro de Sorolla o de Vermeer, una playa en otoño y, por supuesto, leer Azul de medianoche. Sí, la novela que publica ahora Duomo Nefelibata y que está escrita por Simone Van Der Vlugt es como darse un baño de agua tibia rodeado de velas: una historia sin grandes sobresaltos y sin acciones explosivas, sin persecuciones y sin muertes truculentas, pero de una suavidad y una ternura que hacen sentir cómodo, que se disfruta como una caricia en la piel. Ambientada en Holanda a mediados del siglo XVII –qué época, ese florecimiento del arte y el comercio–, puede recordar a ese gran éxito que fue La casa de las miniaturas, pero ésta tiene un Je ne sais quoi irresistible, que no consigo ver de dónde viene, pero que es como un aura que se contagia. Es ésta la historia de una mujer que se mancha las manos con colores, es una historia sobre el amor y el arte.
            Catrijn es la protagonista de este Azul de medianoche, una mujer diferente, adelantada a su tiempo y, posiblemente, el gran valor de esta novela. ¿Por qué? Porque se convierte en una heroína en el momento en el que decide luchar por su felicidad, y dinamitar esas convenciones sociales de casarse y someterse al marido. Fíjense si es una mujer única que conocemos su afición al arte, su inteligencia manifiesta, la forma de enfrentarse a los problemas. La protagonista no podría brillar tanto sin un escenario a su medida, y es aquí donde la autora, Simone Van Der Vlugt, despliega sus encantos: es capaz de meternos en la época y en el lugar, se centra en lo cotidiano, en el día a día, en los pequeños detalles, ¡y eso se agradece! Qué sutil todo, qué delicado a la hora de hablar de ese interesante contexto en el que el negocio de la cerámica vive uno de sus mejores momentos y se hace popular en toda Europa. Entramos en los talleres de los pintores, en el horno de los ceramistas, en el cuarto de los pinceles y los bocetos. ¡La vida es más bonita rodeada de arte! Esta historia se enmarca en el género de las novelas costumbristas en la que lo que pesa es ese entorno, poblado también por personajes reales, como Rembrandt, que tiene un diálogo muy curioso con la protagonista.
La autora demuestra que no necesita grandes giros de guion ni tampoco increíbles vueltas de tuercas para construir una historia interesante y suave, que mantiene pegado al lector porque las páginas se van pasando casi sin darnos cuenta, como se acaricia la seda. Además, está escrita con una tremenda sensibilidad: las frases como pinceladas, van dibujando un lienzo luminoso y estimulante, un paisaje carismático que llena los ojos, que provoca cosas. Y frente a los personajes –aparte de Catrijn, el resto son secundarios, sin grandes descripciones, presentados con trazo gordo-, está el arte, en especial la pintura y la cerámica, que viven un momento dorado en los Países Bajos en el siglo XVII. ¡Qué ganas de ir a Amsterdam!  
            Azul de medianoche es un color carismático, es casi la llegada de la noche y el umbral de la felicidad, pero sobre todo es un homenaje al arte y a las mujeres que, desde el anonimato, fueron valientes y desafiaron las normas establecidas. Simone Van Der Vlugt nos cuenta una historia sobre esas heroínas que no aparecen en los libros de historia, pero que contribuyeron al cambio del mundo, que lucharon por lo que creían. No es más que un viaje iniciático para buscar eso tan esquivo como la felicidad. Y aquí están la pasión, la belleza y, cómo no, el amor. Asómense a la ventana y busquen este Azul de medianoche: una brisa en estos días de bochorno, una historia amable en una época de retorcidos argumentos. 

Fruta prohibida


En los momentos cruciales de su infancia, Jeanette Winterson siempre tenía a mano una naranja: la agarraba, la pelaba y la comía como si esta pieza de fruta fuera a consolarla de todos sus males. Más tarde descubrió que existía fruta distinta, más sabrosa, pero había que comerla a escondidas, lejos de las habladurías de la gente y de la mirada inquisidora de su madre; era fruta prohibida, pero valía la pena correr el riesgo y disfrutar de aquella delicia. Adoptada por un matrimonio evangélico de una pequeña ciudad industrial inglesa, Jeanette Winterson creció a la sombra del fervor religioso de toda una comunidad. Los primeros años de su vida fueron un ir y venir entre feligreses seducidos por los sermones y las palabras de la Biblia, el único libro que circulaba por su casa, pero cuando tenía poco más de diez años la niña supo que ella era distinta y que las leyes de su cuerpo la llevarían a descubrir otra forma de amar.

Sólo me he marcado una meta con esta reseña: que conozcáis a Jeanette Winterson, que la améis o la odiéis –así son las grandes personalidades, los genios indiscutibles–, que sepáis de su relación salvadora con la literatura, que vuestro oído se haga a su estimulante prosa, a sus estrambóticas historias. Sí, hoy hablamos de una de las apuestas más aplaudidas de la editorial Lumen: recuperar parte de la obra de esta interesantísima autora británica –nació en 1959–, adoptada, lesbiana y activista, y fuertemente condicionada por la religión desde pequeña. Fruta prohibida es la novela de la que hablamos hoy, una historia autobiográfica sobre la niña que fue, sobre sus primeros escarceos amorosos (y censurados), y sobre esa relación tan obsesiva con Dios, y sobre todo con el Demonio, por culpa de su madre, que siempre quiso que fuera misionera, que fuera digna del Creador. Fíjense, a los seis años ya escribía sermones para la iglesia, que recitaba ante decenas de feligreses.
            Si la propia Jeanette –la que la autora va construyendo a partir de sus recuerdos y sus invenciones– es la protagonista de Fruta prohibida, el Demonio sería el antagonista. No se entiende a la una sin el otro, no estaría justificada la presencia del Diablo sin ese miedo atroz a la maldad, al infierno, al pecado. Dos gigantes en una misma historia. Fíjense, tenemos a una niña acostumbrada a ver el Mal en todo lo que le rodea –en sus vecinos, en los que no van a misa, en comer más de lo normal, en no ser educada-, que al llegar a la pubertad empieza a sentirse atraída por una amiga. Comete el error de contárselo a su madre y… ahí se lía la marimorena. Todos se escandalizan. El pastor la ridiculiza públicamente, la congregación la rechaza, cuchichea a sus espaldas. La carga religiosa de la novela es inmensa, empezando desde el título –en clara referencia a la Biblia– y es así que conocemos un hogar duramente encorsetado por las normas morales y a una niña con debates de adultos, con miedos de adultos. La atmósfera es gris, asfixiante, como respirar humo de un incendio.
            Tiene la autora una forma particular de contar la vida, su vida. Su visión de lo que le rodea es tan especial que parece que tuviera un sexto sentido el súper poder de ser original, de fijarse en lo que nadie se fija. Es quizás cosa de los genios o de los que han sufrido demasiado: ella se ha debatido siempre entre su sentimiento religioso y sus impulsos amorosos: dos fuerzas irreconciliables. Repudiada por su entorno por culpa de sus pecados, su obra está llena de tormento, de una pena subterránea. Aun así, su prosa es limpia y armoniosa, con cierto eco clásico, pero con intención permanente de explorar y de meterse en terrenos desconocidos. Winterson se agarra a la literatura como parte de ella misma, como única forma de sobrevivir a sus demonios, porque ella tiene muchos.
            Fruta prohibida es un choque entre dos trenes a toda velocidad –el de la intolerancia religiosa y el de la libertad sexual- en el cuerpo de una niña y una adolescente. En esta novela, con clarísimos tintes autobiográficos, la autora plantea una cuestión que se repetirá a lo largo de su obra: la marginación por parte del propio entorno, el rechazo de los más cercanos, la sensación de que no merece amor. ¿Y todo a causa de qué? De su lesbianismo, de su homosexualidad. Y en estas páginas palpita su dolor, uno amplio y profundo, uno que aún sangra y que se hace arte al transformarse en palabras. Y no olviden su nombre: Jeanette Winterson. Por cierto, qué delicadeza, qué delicia los dibujos de Ana Juan, qué sugerentes.